7.Orz en la Tierra - Daño de dioses | Novela juvenil de aventuras y ciencia ficción
4 meses ago

7.Orz en la Tierra

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Orz en la tierra

Poco antes de iniciar sus planes para invadir Qaion, en el planeta árido de los orz, Thiram comenzó a trabajar con embriones y a modificarlos genéticamente. Creó a unos cuantos especímenes alterados de la raza de aquel planeta para que parecieran humanos o terrícolas. Estos híbridos eran muy pocos y muy distintos, tan distintos a los gigantes de piel azul de aquel planeta, que no eran aceptados por los demás. No eran ni tan grandes ni tan fuertes como ellos, su piel era menos azulada y su pelo más oscuro que el color rojizo considerado típico para cualquier orz.

Fueron por supuesto entrenados en el manejo de armas, pero sobre todo, aprendieron otras lenguas en las que mostraron una facilidad antinatural para aquella raza; lo mismo les pasaba con el entrenamiento en cálculos matemáticos. El mismísimo Thiram se acercaba cada cierto tiempo a evaluar sus avances: estas visitas hicieron que el desprecio por ser diferentes que sufrían por parte de los demás orz se tornara al menos en respeto o miedo. Si el emperador se dignaba a verlos o reunirse con ellos, debían ser especiales.

Crecieron rápido y cuando adquirieron plena conciencia de sí mismos charlaban en extrañas lenguas sobre filosofía, sobre su futuro, sobre los doculibros con historias que les mostraban constantemente sobre aquellas tierras verdes y azules pero sobre todo hablaban del porqué eran tan distintos de los demás orz y qué pasaba con sus padres inexistentes.

No sabían nada de la misión o trabajo que les encomendarían, sus rutinas de entrenamiento y estudio convertían sus vidas en algo tan distinto de los otros (que constantemente trabajaban y obedecían ordenes) que pronto comenzaron a sentirse unos privilegiados.

Para cuando el grupo eligió de entre ellos a un líder, lo sorprendente fue que no eligieron al más fuerte, sino que su Kayuna electo sería el más elocuente y locuaz. Pronto comenzaron a dudar del estatus quo de su sociedad, incluso llegaron a poner en duda el mandato incomprensible de Thiram: nada tenia que ver con los orz… ¿Quién era?¿De dónde vino? Se preguntaron.

Acto seguido y enterado de esto, Thiram el emperador se presentó ante ellos en la planta de la aguja (el gran edificio y maravilla de aquel mundo) donde vivían. Iba solo, sin su guardia… majestuoso, engalanado con su gran capa, su mirada era rojiza y terrible y sobre todo su presencia… les aterraba.

Como inteligentes que eran, los pseudo orz tuvieron miedo, pues sabían que sus comentarios habrían llegado al señor y habría dolorosas consecuencias: nada de eso pasó. Thiram solamente los saludó uno a uno, mirándolos a los ojos directamente y dándoles la mano con firmeza a todos, tratando como iguales a sus temblorosos súbditos.

Ha llegado la hora dijo el emperador Thiram. Es hora de que marchéis a otras tierras en las que seréis más felices y encajareis mejor… Como es obvio os habéis dado cuenta de que en esta sociedad no tenéis cabida se acercó al ventanal mientras decía esto y comenzó a señalar —observadlos como trabajan… como se someten, ¿seguro que queréis estar como ellos?¿Querríais una vida así? ¿Querríais montar una insurrección?¿Destruir este orden perfecto? preguntó.

Todos callaron, estaban asombrados ante la presencia y el respeto que les mostraba su señor, mentalmente y sin quererlo se sometían a sus preguntas: tenía razón.

Vosotros sabéis que sois especiales, os preparé para daros la oportunidad de viajar a otras tierras lejanas, a otro planeta, a la Tierra. Todos los doculibros que se os han mostrado, las lenguas que habláis, incluso las armas en las que os hemos entrenado tienen relación con ese lugar. ¿Queréis viajar allí? preguntó Thiram.

El líder de aquel grupo asintió, incapaz de abrir la boca pues estaba muy asustado y sorprendido. Los demás pensaban y sentían como él. No podían negarse a alguien tan terrible y a la vez tan respetuoso. No hablaba el idioma violento de los orz, Thiram hablaba el idioma de ellos: el de la lógica, el de la razón; con su sola presencia y pocas palabras les había convencido. Viajarían, como él les proponía.

Tiempo después se disponían a ponerse en marcha, se prepararon, se vistieron con unos trajes extraños y nada de equipaje, pues no poseían patrimonio material. Thiram les obsequió con las armas punzantes que habían usado en sus entrenamientos y los bendijo:

Buena ventura os espera en la Tierra, sed libres y vivid lo mejor que sepáis. No renunciéis a nada, dejaos llevar por la dulzura de aquellos lugares y sus gentes. Por vuestro bien solo os pido que guardéis el secreto de vuestro origen; no digáis a nadie de donde venís pues os puede acarrear problemas… no lo entenderán: la ignorancia genera violencia. Adiós —Thiram los despidió con honores y mejores palabras.

Todos callaron y agitaron la mano en un escueto y respetuoso saludo. Convencidos que estaban harían caso, para ellos la palabra y sabiduría del justo emperador se había convertido en ley.

Thiram reía por dentro.

La nave arrancó motores y pronto estaban más lejos de lo que cualquier orz hubiera viajado jamás.

No dijeron nada durante el viaje, que no fue excesivamente largo. El transporte intergaláctico unía mundos más que distantes tejiendo el espacio y el tiempo. Pronto estarían en la Tierra.

Al llegar a la Tierra comenzaron las vibraciones en la nave, pero lo peor fue el aterrizaje, la nave quedó inutilizada porque no tomó tierra con delicadeza sino dando grandes tumbos.

Todo el equipo salió indemne menos el líder, que parecía no haber sobrevivido al duro golpe: estaba inconsciente y el transporte había quedado casi destrozado.

Lo primero que sintieron los orz vivos fue frió. La Tierra era un planeta algo más helado que su Orz natal. En cuanto se pusieron en marcha, se dirigieron hacía el sur siguiendo la senda de un rió, hacía tierras más cálidas.

Tal y como habían aprendido en Orz con los doculibros, comenzaron a cazar para alimentarse y crear ropajes a partir de la piel de los animales.

Con el tiempo, el grupo llegó a un poblado donde fueron recibidos de buen grado y tratados con simpatía y cariño. Les ofrecieron cobijo y alimento, porque los vieron fornidos y después de tantas guerras en aquellos lugares limítrofes y fronterizos andaban escasos de buenos guerreros. Pronto tuvieron que entrar en acción en pequeñas escaramuzas y defensas del lugar, así como apoyar al reino al que pertenecían. Aquellos orz no murieron en guerras, la mayoría de las veces cayeron fulminados por infecciones causadas por las heridas o inexplicables enfermedades: su cuerpo no estaba hecho a aquel planeta. El último superviviente de aquel grupo, llamado Bal, tomó esposa y creó una familia. Para aquel entonces, Bal ya se había ganado el respeto y los galones del señor de aquellas tierras.

Pero volviendo atrás; a la nave orz estrellada, el antiguo jefe del grupo que creyeron muerto en el aterrizaje fue recogido y curado por unos religiosos que pasaban por ahí. Hizo su vida como humano y creó una familia lejos de aquel reino: se convirtió en un tipo muy apreciado por su fuerza en trabajos de labranza y como leñador en un poblado. El líder del grupo pasó su vida en la Tierra totalmente integrado entre los humanos.

Y con respecto a la nave rota, un campamento itinerante de nómadas encontró el amasijo de metal en el camino, les pareció interesante para venderlo. Con mucha dificultad lo recogieron y transportaron a la ciudad más importante del imperio. Allí lo intentaron vender al mejor herrero imperial, este no dudó al ver aquel extraño y duro metal. Lo compró y a partir de aquel material creó con oficio y dificultad las armas más poderosas y afiladas de aquella época: la Espada y Lanza del Dragón.

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* Esto es una versión preliminar. Daño de Dioses es una novela juvenil de aventuras y ciencia ficción, a la venta en agosto o septiembre de 2017.

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