5 años ago

18.El ejército de los mezquinos

Aniquilada toda la avanzadilla desharrapada del sur, sin mensajeros que fueran a territorio bastardo a avisar, con los empalamientos disuasorios y terroríficos dejados por Blad, los ataques de los bastardos se demoraron. Las fuerzas se concentraron en el norte, en el imperio y los religiosos.

Aunque el ejército de Radu como nuevo señor estaba intacto, las matemáticas no salían de ninguna de las maneras. Blad y Radu pasaron toda la noche en la sala de la habitación contigua a la cama donde yacía Drak en cuerpo presente. No había tiempo ni para hacer un entierro con honores ni para llorar ni para cantar las viejas glorias. Estaban solos bajo las luces de las velas, observando mapas y diseñando estrategias. El reino dependía de aquel arte, del arte de la guerra.

Nunca se había planteado la posibilidad de un ataque del imperio, pues era incalculable el número de efectivos que podrían enviar y, vencieran o no, la estrategia seria ad náuseam: aunque ganaran a un ejército de mil hombres, el imperio enviaría a dos mil y, si perdían, cuatro mil, así hasta destruirlos. Además, había que contar con el ejército de religiosos fanáticos; era menos numeroso, pero todo sumaba. Las fuerzas de Radu eran finitas a la par que escasas.

Decidieron que, ganada la primera batalla de Blad contra la avanzadilla bastarda, el siguiente mal menor eran los religiosos, un ejército de unos quinientos hombres. La estrategia era enviar un mensajero con una declaración jurada del nuevo señor Radu: enviaba apresado al brujo infiel Blad, sobrino del difunto Drak, como señal de respeto al estamento religioso y con ánimo de apaciguar unas tensiones innecesarias.

Convincente.

El ochenta por ciento de las fuerzas de Radu viajaron al norte a escondidas, por senderos desconocidos, y enviaron a los mejores guerreros con un Blad supuestamente maniatado, apresado.

El otro veinte por ciento de fuerzas se quedó en el castillo de Drak. Antes de despedirse, Blad y Radu transgredieron las normas sociales y nombraron a Baladi capitana del ejército que protegería al señor. Aquello no gustó entre las filas de los más viejos del lugar. Tampoco gustó dividir al ejército y, si no sentían cariño por el débil de Radu, su nuevo señor, mucho menos amor sentían por su capitán, del que se decía que era un chupasangres nocturno. Los peores de todos eran los que tenían dividida la lealtad entre la religión y su noble señor.

Cuando pasaron tres días de viaje hacia el norte, con Blad maniatado, y llegaron de manera teatral con su séquito de captores al campamento de los religiosos, se intuía la tragedia. El ejército religioso triplicaba en número de hombres lo estimado: había tiendas de campaña y soldados del imperio que parecían estar esperándolos. Estrategia fallida.

Blad percibió la traición y se deshizo de las ataduras. Se había acabado el teatro y solo quedaba la posibilidad de huir hacia el castillo de Radu o enfrentarlos a todos allí mismo. Optó por huir hacia el sendero oculto, donde su ejército estaba escondido, y aprovechar el conocimiento del terreno —acantilados, rocas, ríos, pantanos y bosques—, para obtener cualquier ventaja.

Si algo odiaba Blad eran las malditas flechas, envenenadas o no. Le daba lo mismo, porque no le afectaba el veneno, pero, aunque las heridas cicatrizaban rápido, le molestaban sobremanera. Si no había flechas, era capaz de matar a hombres sin recibir un rasguño y con sus letales armas del dragón cortaba los miembros como mantequilla. Con esos ojos rojos que las adornaban, su espada y su lanza parecían más sedientas que él mismo.

La primera avanzadilla se acercó, dando inicio a la primera batalla. Blad podría obviar que eran inferiores en número, así que reorganizó a sus hombres para que fabricaran flechas y coserlos a todos a flechazos, jugar a una guerra de guerrillas en los bosques. Blad siempre tenía como primer objetivo los arqueros contrarios: si ellos disparaban flechas desde su escondite y no entraban en combate cuerpo a cuerpo, podrían destruir poco a poco la moral y el número de los soldados enemigos.

Así fue como lo organizó, aunque les llevó tiempo. Habrían podido ganar, pero el poder infinito del imperio acabó por mermar las fuerzas de Blad, debido al hambre y a la recarga constante de imperiales que se sumaron contra las guerrillas del bosque. Si un escuadrón imperial moría, dos nuevos llegaban.

Al caer una de las noches, cuando solo quedaban ocho hombres de Blad vivos en el bosque, los reunió y les dijo que había tomado una decisión: como iban a morir, podrían transformarse en eres más rápidos y fuertes, en seres de la noche; era una decisión arriesgada en un momento de necesidad.

Las normas eran claras: no podrían vivir jamás de día, no volverían a ver el sol; si se alimentaban de un imperial o religioso, deberían decapitarlo después. Blad no quería a vampiros rondando por el mundo. Sus soldados vivirían y ganarían esa guerra.

Ante la desesperación, todos aceptaron. Eran los más leales a su capitán; a algunos los seducía la idea de ser más poderosos y ya hacía tiempo que conocían la naturaleza inhumana de Blad.

Justo cuando se transformaron, en medio del entusiasmo por sus nuevos sentidos, y por la fuerza y velocidad adquiridas, apareció por sorpresa un mensajero de Radu. Les dijo que los bastardos atacaron el castillo, pero los contuvieron y los masacró la capitana Baladi, que estaba malherida y moribunda por una flecha amiga, de un soldado de su propio ejército. El infeliz ya había sido ajusticiado por el mismísimo Radu. Debían volver cuanto antes a las tierras de su señor.

Blad no había terminado de leer la misiva cuando uno de sus vampiros neonatos ya estaba chupando la sangre del mensajero y lo había secado. Blad, perplejo, le preguntó:

—¿Qué haces?

El vampiro, que diez minutos antes había sido un soldado respetable, se volvió mezquino y le enseñó los dientes ensangrentados a Blad, lanzándole un reto. Aquella situación no tenía sentido, pues en condiciones normales, el soldado nunca se habría atrevido a actuar de ese modo.

Con un solo gesto rápido, Blad lo decapitó con su espada del dragón y también al mensajero del que se había alimentado, aunque se culpó a sí mismo de aquello. La transformación de los humanos en vampiros los volvía más rápidos, fuertes y valientes… hasta la estupidez. Si un humano tenía rencor, este se multiplicaba por mil, si un humano tenía valor, este se multiplicaba por mil. Un vampiro era un mezquino, no obedecía las órdenes y era malvado. En el camino al castillo, tuvo que decapitar a casi todos —alguno se le enfrentó, otro mataba a los caballos por deporte—, hasta que solo quedaron tres.

Cuando llegaron a los lindes del castillo, Blad y los tres vampiros de su ejército liquidaron a la nueva y recién llegada tropa bastarda, ellos solos. Cuatro como ellos podían con cien bastardos desharrapados, era un juego de niños. Miembros amputados, cabezas rodando y un mar de sangre bastarda del que se alimentaban sin parar mientras no dejaban de ajusticiarlos. Pagarían caro pisar aquel lugar sagrado.

Al terminar la batalla, con mucha pena, Blad liquidó a sus últimos hombres, que, empapados en sangre, sintiéndose alimentados, fuertes y motivados, se le quisieron enfrentar.

Cuando Radu se asomó a las almenas, observó con un escalofrío en la espalda que su hermano Blad estaba de vuelta y que había una muralla de bastardos empalados, cubiertos de rojiza sangre que centelleaba bajo las antorchas.

Radu, que conocía el secreto de Blad, le había escrito el mensaje sobre el estado de Baladi para que no la dejara morir, pues la amaba. Blad sabía lo que quería su señor y bebió de la moribunda Baladi. Absorbió su sangre, más poderosa que cualquiera que hubiera probado antes, increíble y especial. La mujer no tardó en transformarse y curarse.

Poco después, siendo aun de noche, Blad y Radu se encontraban en la terraza más alta del castillo, observando el panorama sangriento bajo la luz de las antorchas. Hablaban sobre lo que había pasado en el bosque del norte, la traición cometida por los leales a los religiosos y el trauma de Radu por tener que ejecutar al atacante de su capitana, otrora su amigo.

Baladi apareció con una espada de madera y los sobresaltó. Sus ojos estaban inyectados en sangre. Blad se quedó perplejo, porque se mascaba la tragedia. Baladi atacó a Blad al grito de «¡pelea!» y le atizó tal golpe en la cabeza que lo dejó mareado y medio inconsciente. Luego lo desplazó tres metros hacia atrás. Blad no lo había visto venir. La revivida Baladi era un portento de la naturaleza a la par que mezquina. Al ponerse Blad de pie y desenfundar sus armas, la vampiresa le pegó una patada en el pecho, tan potente que el joven salió volando por encima de las almenas, castillo y barranco abajo.