5 años ago

44.Final

El transporte del profesor Frehac en el que viajaban el vamp y el humano híbrido terminaba de tejer el espacio-tiempo y se acercaba lentamente a su destino: la nave de los dioses alojada tras la Luna de la Tierra.

—Argón, yo tiraría la bomba contra esa nave y acababa con esto ahora mismo… La verdad es que tengo miedo —dijo León sin ningún pudor mientras veía aparecer el antiguo hogar de los extintos seres superiores; con la mano, jugaba con nerviosismo y a escondidas con el microsatélite que había robado en la reunión.

—León, tengo ganas de encontrarme cara a cara con el emperador. Tu miedo es tan noble como mis ganas de venganza. Pero la diferencia es que mi problema con ese tipo empezó siglos antes de que nacieras, por lo que mi motivo pesa más que el tuyo. Ten valor, confía en ti y vayamos a enfrentarnos a él.

León aceptó de mala gana.

El transporte de Qaion se acercó a la nave de la Luna y entró por su gran hangar. Al aterrizar, ambos salieron con cuidado y fueron hacia la única puerta que había, que estaba abierta. Toda la arquitectura de aquel lugar era distinta a lo que hubieran visto antes, pero León, lejos de observar alrededor y sin decirle nada a Argón, comenzó a sentirse extraño desde que puso un pie en el hogar de los difuntos dioses.

Siguieron caminando por un pasillo. Frente a ellos, se veía una sala de la que salían varias luces y predominaba un halo de claridad verdosa.

Al entrar con sigilo, vieron a un ser que estaba al fondo, dando la espalda a León y a Argón en una sala con todo tipo de aparatos y máquinas. Era Thiram. Su cuerpo era blanco, musculado y tenía tres brazos, dos a la izquierda y uno a la derecha. Frente a él, había un cilindro lleno de líquido verdoso, cuyo contenido era un tipo blanco de tres brazos, físicamente igual que el maligno emperador. Este ser flotaba y estaba enganchado a un cable; el segundo Thiram que estaba en el interior del cilindro verdoso parecía muerto o dormido.

A Argón no le gustó aquella escena, frunció el ceño y dudó, pero en silencio desenfundó su espada. La empuñadura de cabeza de dragón parecía brillar más, sus ojos de rubí engarzados centelleaban ante las luces de color verde que iluminaban el interior de la nave espacial.

Argón hizo un gesto, señalando con su arma hacia Thiram, retándolo. Estaba a varios pasos y a un golpe de espada de su ansiada venganza.

León acarició la garra vamp que le había regalado Arnuya, garra noble que perteneció a Argum, heredada de padres a hijos en el clan de los guerreros del agua. Era la hora de luchar contra el Maldito y darle muerte con esa garra, en nombre del daño provocado a él mismo y a esa noble gente que ahora se había convertido en su familia.

—¡Bienvenidos! —dijo Thiram. Su voz demoníaca e infernal sonó como el rugido de un dios e hizo eco en toda la sala. Al humano se le iba a salir el corazón y empezó a temblar de miedo. El Maldito se giró hacia ellos con lentitud; inexpresivo, pero de mirada cruel, su presencia helaba los corazones—. Vaya… tú de nuevo, Argón el vamp, el desterrado de Qaion, entrometiéndote una vez más en mis planes… Aunque he de reconocerte un gran mérito, porque me has traído al Único. Muchas gracias.

Argón se mantuvo en silencio y seguía señalándolo con la espada, en guardia.

—No soy el Único, imbécil. No… no he podido sacar la garra legendaria de los kant —respondió León tartamudeando. El miedo producido por Thiram le bloqueaba la mente y le hacía decir esa estupidez infantil.

—¿Has sentido el poder de la fe, híbrido? La sangre de los dioses que posees hierve ahora mismo. Esta nave atrae toda la energía de los rezos de la Tierra para sí, te nutre de fuerza, ¿verdad? A mí también. —Thiram comenzó a levitar y, haciendo un simple gesto con una mano, hizo trizas el brazalete orz para que León no tuviera con qué curar sus heridas.

El humano se asustó al ver su máquina para transformaciones y curaciones romperse sin más. Argón se quedó sorprendido y bloqueado, porque era lo mismo que había hecho León en la Tierra cuando Iván lo tiró por el barranco. ¿Qué clase de criatura era Thiram?

—Dices que no eres el Único y te equivocas, León. A esta sopa solo le falta un ingrediente… un poco de genética vamp. Y aquí tenemos a Argón de Qaion, dispuesto a ayudarnos en ese menester. Con su ayuda o la de cualquier vamp, quizás podrías haber sacado la garra del árbol. Una pena —respondió Thiram con su voz irónica, atronadora.

Argón muy serio, callaba.

El Maldito dejó de levitar, les dio la espalda y pulsó un botón del panel electrónico de la nave; una pared se convirtió en una ventana de cristal gigante en la cual se veía majestuosa la noche del planeta Tierra, cada vez más cerca; la nave se movía sin prisa pero sin pausa hacia su destino.

Thiram fue hacia la ventana, como si no tuviera detrás a sus enemigos, indiferente. El chico estaba aterrado por la tranquilidad del Maldito y apretaba con fuerza la bola robada que tenía en la mano. Argón, que siempre tenía algo que decir en estas situaciones, estaba en silencio, pero no por miedo, sino porque las palabras del emperador lo habían bloqueado. Era cierto. El Único estaba incompleto y él lo sabía. Argón pensó en Baladi. León era el verdadero objetivo del Maldito, debió quedarse en Qaion. Esto cada vez olía peor.

Había servido a Thiram un Único incompleto junto a un vamp que lo completara… ¿Y si lo hiciera ahora? ¿Alimentarse de León? No podía hacerle eso. León quería con volver a Qaion, a su nuevo planeta. A este humano tan joven le había cogido cariño; Arnuya, también.

—Estás vencido, Thiram. Todo el daño que podías hacer ya lo has hecho. Se te pasó por alto que el pueblo kant vuelve a estar unido a los vamp. Tu ejército orz vencido en Qaion y el gobierno del planeta Orz restaurado por Iván, tu híbrido favorito. Podemos irnos ahora y dejarte un regalo en forma de bomba en esta puta nave y que te aprovechen los fuegos artificiales —espetó Argón para desbloquearse y romper el hielo.

—¿Te acuerdas del sistema defensivo de las lunas de Qaion? En tu planeta no queda nadie con vida. Los he masacrado yo mismo, sin importar el bando al que pertenecieran: orz… vamp… kant… todos muertos. Jamás disfruté tanto pulsando un sencillo botón. La base de las tres lunas funcionó realmente bien —dijo Thiram, riéndose. Su ego crecía al ritmo de la risa diabólica.

No hubo más charla. El miedo de León al pensar en Arnuya se convirtió en ira incontrolable. La transformación fue rápida, sin necesidad de brazalete. Crecieron sus músculos y su piel se tornó azul como un orz. Dio dos pasos corriendo y su poder psíquico de la raza de los dioses afloró mientras lo envolvía en un aura verdosa. Volaba hacia el Maldito. La rabia de un humano normalmente tranquilo lo transformó de nuevo en algo más: un ser superior.

Pero de nada sirvió la embestida. Con toda tranquilidad, Thiram lo esquivó y dio una muestra de por qué era el Daño de Dioses. Golpeó con tal fuerza a León en la cara, que este volvió volando por donde había venido. Regresó a su estado de humano normal mientas caía al suelo de la nave, inconsciente.

Pese a sus sentimientos contrastados por Qaion y la pena y dolor que lo invadían, Argón fue con frialdad y lentitud hacia Thiram, mirándolo fijamente a los ojos, retándolo. Era su momento.

El primer tajo que lanzó el vamp lo esquivó Thiram, pero el contragolpe lo eludió Argón. Pudo propinarle al Maldito un corte profundo a la altura de la costilla. El emperador sintió dolor por primera vez en su vida y gritó. En ese momento, el tercer brazo le embistió a Argón en el pecho, tan fuerte como antes había golpeado a León.

Argón voló hacia atrás de manera incontrolable, envuelto en dolor cuando pensaba que había vencido. Jamás se había enfrentado a alguien con tres brazos. El tercero marcó la diferencia.

«Debería cortárselo», pensó mientras caía, dolorido, al lado de León.

—¿Eso es todo? —preguntó Thiram mientras la esfera azulada que era el planeta Tierra se acercaba con lentitud a través de la pared-cristal de la nave.

Habían perdido. Como peleles, León y Argón estaban más muertos que vivos, tirados en el suelo.

—¡Mierda! —gritó Argón. Se levantó tembloroso y se puso de rodillas. Se agarró el pecho, pues era el dolor del golpe que le había infligido el Maldito era muy intenso, casi una herida mortal.

—Has llegado demasiado lejos, Argón. Con la suerte que has tenido de venir hasta aquí para morir así de fácil… Tómalo, muérdele y cúrate. Los vamp cicatrizáis rápido, si estáis bien alimentados. ¿Qué temes? —preguntó Thiram con su voz diabólica.

—Hazlo. Me muero de todos modos —balbuceó León, que estaba tumbado boca arriba, con la mirada perdida. Bajo él, había un charco de sangre. Era la misma imagen que tiempo atrás había vivido Argón en la Tierra con el padre del chico, Marcus.

Sin pensarlo más y con la mirada de odio clavada en Thiram, Argón clavó los dientes en el cuello del chico y bebió la sangre de León, que gemía de dolor y cuyos ojos se apagaron. Murió. El que debía haber sido el Único que profetizó Cho el Oscuro era un ser humano más, convertido en alimento de vampiro.

Si la sangre de Marcus le había concedido una gran fuerza, la de su hijo, León, era distinta. Blad ya no era Blad, Argón ya no era Argón. Cho se equivocó, él era el Único: Argón el Único.

«Baladi…», pensó Argón entre un torbellino de sensaciones de poder indescriptibles.

Su cuerpo se elevó un palmo del suelo con delicadeza y gracia. Ya no necesitaba andar, ni siquiera sus alas. Argón levitaba a voluntad, por sus venas corrían las voces de los dioses, exigiendo venganza. Su siguiente pensamiento fue ir hacia Thiram y al instante apareció frente a él.

Ambos se golpearon la cara al mismo tiempo y cayeron hacia atrás.

León se levantó como nuevo vampiro converso, como inmortal, pero levitaba con gracia, de la misma manera que Argón. Su mirada era fuego verde. Era un híbrido de dios, humano, orz y vamp al que de repente se le mostraba su destino de forma clara, sin dudas; ahí estaba su verdad, su hado. Con sus nuevos sentidos escuchaba a los dioses, que le pedían liquidar al Maldito.

Al levantarse del suelo de nuevo, Argón empuñó a dos manos la espada de cabeza de dragón y la clavó en el estómago de Thiram, que nada pudo hacer ante tal velocidad y fuerza; el emperador gimió, pero le devolvió el golpe en la cara repetidamente y agarró a Argón con su tercer brazo.

León abrió la mano y, usando su telequinesis, hizo levitar la bola que en Qaion había sido un microsatélite del Maldito. Cargada de energía, voló hacia el Daño de Dioses como un proyectil y le atravesó la cúpula de cristal que contenía su cerebro. El emperador gritó. León voló con sus poderes psíquicos hacia Thiram y, con la fuerza de un orz, empujó su cuerpo contra el cristal-ventana, acompañando el golpe. Thiram no soltó a Argón y los tres rompieron el vidrio irrompible de la nave, con un ruido atronador. Cayeron al vacío del espacio, atraídos hacia la Tierra por la gravedad del planeta y la inercia del golpe propinado por León.

Thiram, debilitado, soltó a Argón. León, situado tras la espalda de Thiram, lo agarró con toda su fuerza:

—Mira, Daño de Dioses, amanece en la Tierra —dijo León.

El sol hizo su aparición, majestuoso, por el borde del planeta. Los rayos hicieron el resto. Thiram y León ardieron en fuego vivo al contacto con la luz del astro rey como todo híbrido vampiro. Desde la Tierra se observaba una estrella fugaz que daba la bienvenida a un nuevo día.

—¡No! —gritó Argón al ver a su amigo y a Thiram consumirse en el fuego y desaparecer.

Mientras caía hacía la Tierra, sin poder hacer otra cosa, giró la cabeza y vio algo en la nave. Mirando desde la pared-cristal rota estaba el segundo Thiram que antes había dormitado en la cápsula con forma de cilindro… Cruzaron las miradas.

—¡Mierda! —gritó Argón.

Un segundo cometa surcó el cielo y se vio desde la Tierra: era Argón.

Lejos de allí, en el planeta orz, Iván el Kayuna mandaba una nave de vuelta con Karel en estado meditativo y curado de sus heridas. En Qaion, Arnuya moría dando a luz a un bebé vamp. El recién nacido estaba bien acompañado. El viejo profesor Frehac, Lobo, el bart y Argol cuidarían a Arlón, el hijo de León el Único, en un Qaion destruido.

Esta batalla había terminado.