5 años ago

41.La Guardia Imperial

Mierda, en este planeta hace demasiado calor! —gritó Argón, enfadado. Entrecerró los ojos porque la luz del planeta Orz le molestaba tanto como le había molestado el sol en sus primeros días en la Tierra.

Karel, que llevaba todo el camino hacia el planeta muy serio, no dijo nada, pero se le veía afectado; su cuerpo era totalmente peludo y blanco en un entorno caluroso y hostil para un kant.

—Entremos en La Aguja. Thiram estará allí —dijo Iván.

—Es verdad. Aquí no hay nadie, seguro que está ahí dentro, esperándonos —dijo León.

El palacio de Thiram era una gran torre blanca, asombrosa y gigantesca, en medio de un desierto de arena roja; su visión era increíble, una postal digna de admirar.

—Entremos, rápido —ordenó Argón, que no se encontraba cómodo en aquel entorno desértico y quería resguardarse lo antes posible.

De repente, sonó un estruendo por arriba. Una nave espacial salió disparada hacía el cielo por la punta que hacía de tejado de la gran Aguja, muy por encima de ellos que se encontraban en la base de aquel edificio gigantesco.

—No puede ser —dijo León, que parecía confundido.

—¿Qué te pasa? —preguntó Argón mientras le caían gotas de sudor rojo en la frente y continuaba con los ojos entrecerrados, molesto.

—Thiram me ha hablado en la mente, como ayer Arnuya. Me ha dicho que, si lo queremos a él, nos espera en la nave de los dioses, tras la Luna de la Tierra —explicó León.

—Yo también lo he sentido —admitió Karel, que estaba más exhausto que Argón por culpa del calor del planeta y de su propio pelaje.

—Pues explotemos la bomba en La Aguja y vayámonos de aquí. Ahora —ordenó Argón, con impaciencia.

Se dieron la vuelta para ir hacia la nave a recoger la bomba, pero la gran puerta de La Aguja se abrió de par en par. De ella salieron cinco orz que eran gigantescos, azulados y muy fuertes. Iban ataviados de una manera peculiar, pues eran cíborgs y tenían miembros mecánicos.

—Mierda… los antiguos Kayunas, la Guardia Imperial de Thiram —dijo Iván, asombrado—. Ha vaciado el planeta de soldados orz, pero ha dejado a los más cabrones aquí. Espero que estéis preparados para luchar, porque son los más fuertes que nos podíamos encontrar. Qué mala suerte…

—¿Nos da tiempo a llegar a la nave? —preguntó un titubeante León, que quería huir.

—No. Se acerca mi última visión. Ponte la garra, León, y confía en tu poder. Hazme caso, no moriréis aquí —los animó Karel que sonrió y se puso delante de Argón, como defendiéndolo.

—Nunca he escapado de una batalla y no lo voy a hacer ahora, León. Aunque sí echo de menos a nuestro amigo Bum Bum —dijo Argón, que acabó la frase sonriendo. El bart volador había sido decisivo en la Tierra contra los orz de Thiram.

—Es una pena no tener aquí al bicho, pero vamos allá. —Iván dio varios pasos al frente, comenzó a correr y se transformó en orz con mucha facilidad. Su piel se tornó azulada y su cuerpo creció muchísimo, sobre todo en musculatura. Jamás había tenido una transformación igual, quizás era por estar en el planeta de sus ancestros o por la emoción… o el miedo.

Los cinco Kayunas empezaron a reírse de Iván, que corría a por ellos como un loco en su transformación. Uno de ellos, que tenía ambas piernas mecánicas, pegó un salto gigantesco y parecía que fuera a aplastar a Iván, pero, justo al caer, el humano híbrido de orz, sacó la lanza del dragón y dejó que el propio Kayuna se empalara mientras Iván la agarraba con fuerza y paraba en seco.

—Uno a cero —dijo Iván con voz ronca, profunda y temible, mientras dejaba morir al Kayuna clavado en la lanza.

La guardia imperial había dejado de reír y estaba estupefacta; uno de ellos, que tenía el brazo izquierdo mecánico, incluso dio un paso atrás. El Kayuna de su derecha, más grande que todos los demás, se había dado cuenta y agarró del cuello al cobarde de su compañero y, con sus dos brazos mecánicos, le arrancó la cabeza de cuajo mientras gritaba algo ininteligible.

—Dos a cero —dijo Iván, que no esperaba que fueran tan tontos.

—La fuerza no lo es todo —aclaró Argón, sudando gotas de sangre, mientras estiraba sus grandes alas y comenzaba a volar hacía los Kayunas, dando vueltas con filigranas a su espada del dragón.

—¡Vamos! —gritó León mientras comenzaba a transformarse con dificultad en un híbrido de orz.

Karel se quedó quieto observando cómo el vamp volaba; estaba como exhausto, cansado, se sentía extraño.

Argón pasó volando por encima de uno de los Kayunas y le cortó la cabeza, pero al orz le dio tiempo a golpearlo y lo hizo aterrizar de un golpe y morder el polvo.

El Kayuna a por el que fue León lo golpeo con facilidad y lo lanzó volando hacia una duna de arena cercana. El chico no estaba hecho para aquello y volvió rápido y de una forma dolorosa a su estado normal. El mismo Kayuna, que en su brazo mecánico derecho no tenía una mano ni nada punzante, sino un agujero, disparó con él a Argón.

Karel, tan cansado por el calor, que casi le impedía moverse, estaba atento y corrió para ponerse en medio del arma y le arrancó el cuello con sus garras al Kayuna distraído. Pero el disparo ejecutor hizo un boquete en el pecho del kant albino, cuyo pelaje empezaba a ponerse rojo de sangre, y cayó fulminado.

Iván se enfrentó al último guardia imperial, el que había matado a su propio compañero orz, y se golpearon mutuamente. Pero el Kayuna era más fuerte; le agarró el cuello con una mano mecánica y comenzó a golpearle el estómago hasta hacer que Iván perdiera su transformación. Al volverse humano, el Kayuna lo lanzó hacia lo lejos, como deshaciéndose de basura insignificante.

Iván cayó justo encima del Kayuna decapitado por Argón. Al despertarse de su inconsciencia, vio que estaban vencidos: Argón, León y él mismo estaban en el suelo; Karel estaba prácticamente muerto…

Entonces vio un comunicador orz de Thiram en el antebrazo del Kayuna decapitado y rio. Se lo colocó y al instante se recuperó de sus heridas. Luego se lo lanzó volando como una pelota de basket a Argón, que parecía despertarse. Sin más y decidido, Iván se acercó desafiante hacia el Kayuna y se transformó de nuevo con toda la ira que tenía. El guardia imperial dudó y ambos se agarraron de las manos, intentando vencerse por la fuerza. Rugiendo desde su interior, Iván arrancó los brazos mecánicos del guardia imperial, que cayó al suelo, vencido y dolorido, como un juguete roto.

Iván, histérico ganador, levantó los brazos mecánicos del Kayuna hacia el cielo, en señal de victoria absoluta, mientras gritaba profundamente; aullaba como un gran orz y aquel sonido se escuchó en todo el planeta. El guardia imperial sin brazos se levantó despacio, con dificultad, y se arrodilló ante su nuevo gran Kayuna que era aquel híbrido de humano.

Ya curado, Argón lanzó por los aires el brazalete a León, que se levantó quitándose arena de encima, tras el gran rugido de Iván que lo acababa de despertar. Se puso el brazalete entre mareos y se curó casi por arte de magia.

Argón se dio cuenta de que Karel parecía muerto y su pelo blanco estaba empapado en sangre por la zona del pecho, y se acercó al kant.

—Descendiente de Grandax, gran visionario y guerrero de los kant, gracias por salvarme la vida, otra vez —le agradeció Argón al peludo mientras le agarraba la cabeza con cariño. Karel tenía la mirada perdida y estaba a las puertas de la muerte—. León, deprisa, trae la máquina que cura para ayudar al general.

El chico llevó el brazalete curativo a Karel y se lo puso, pero la herida era tan grave, que no hizo efecto.

—Mierda, Karel va a morir. Esto no funciona —dijo León muy conmocionado, buscando ayuda nerviosamente. Miraba hacia todas las direcciones de aquel planeta desierto.

Iván puso su mano en el hombro del orz que estaba arrodillado ante él y le preguntó:

—¿Podemos cerrar esa herida de algún modo? El brazalete de curar no funciona.

—Sí, Kayuna, por favor saque de mi bolsillo el kit de curación para ayudar a su amigo y extienda la masilla sobre la herida. Thiram tiene máquinas en La Aguja que, si sabe cómo usarlas, podrán curar a ese guerrero blanco —dijo el guardia orz que ahora carecía de brazos.

Iván, tan deprisa como pudo, extendió aquella masa sobre la herida de Karel. Ese gesto pareció despertarlo un poco y aliviarlo, pues la hemorragia se cortó.

Karel habló con dificultad:

—Argón… ayúdame a sentarme como hiciste en la Tierra. Quiero intentar usar el don del sueño del visionario. Así, mientras Iván encuentra una cura para mi cuerpo moribundo, puedo intentar llegar a nuevos conocimientos y visiones, ser de utilidad, pues ya he agotado todas las imágenes y precognición que tenía desde el principio.

—No sé qué deberás hacer para poder despertar —le dijo Argón mientras lo incorporaba y lo sentaba con esfuerzo en la posición del loto: piernas cruzadas, espalda recta y brazos relajados.

—Eso no importa ahora. Intentémoslo… Que las lunas os protejan. —Karel cerró los ojos e intentó conseguir aquel sueño del visionario, sentado de esa manera peculiar.

—Debemos reventar esta torre con la bomba y marchar a por Thiram —dijo Argón, levantándose de donde se encontraba el cuerpo meditativo del kant, y enfundó la espada del dragón.

—Yo no me iré. Este es mi sitio —dijo Iván, acompañado por detrás por el guardia orz sin brazos.

Se escuchó un ruido de mucho gentío y un montón de orz de distintos tamaños, azulados y con pelo rojizo y anaranjado salieron de la gran puerta de la base de La Aguja de Thiram. Conforme iban llegando, se arrodillaban ante Iván, pues desde las ventanas de la torre blanca, habían visto la batalla y escuchado el gran rugido del nuevo Kayuna.

—Vaya, quién lo diría, el nuevo emperador —dijo León con ironía y cierta envidia, aún extrañado por lo que acababa de suceder con Karel.

—Cállate, Único, que aquí solo has durado un golpe. Ya tienes que mejorar para luchar contra Thiram —respondió Iván, riéndose.

A León no le gustó aquella respuesta y puso mala cara. Al ver su reacción, Iván se acercó sonriente hacia León y le ofreció la mano mientras le decía:

—Thiram tendrá que enfrentarse al hermano del nuevo Kayuna. Ambos somos hijos de Marcus el híbrido —confesó Iván.

—¿En serio? —preguntó sorprendido León, dándole las dos manos con cara de sorpresa.

—Eres el Único, el único idiota que no lo sabía —respondió Iván con una sonrisa.

Y los dos hermanos, descendientes de Marcus, se fundieron en un abrazo bajo la mirada de Argón y el orz sin brazos.

—Cambio de planes, Iván: destruye sin dudar toda la maquinaria que haya en este edificio y que sirva para hacer el mal. Busca sobre todo sistemas de espionaje, aparatos extraños. Necesitamos llevarnos la bomba del profesor, por si acaso —organizó Argón—. Si encuentras una nave, prográmala y manda de vuelta a Qaion el cuerpo durmiente del kant blanco. Él sabrá cuándo despertar, pero antes intenta curar su cuerpo con algún cachivache de Thiram. León, vámonos ya, hay que cazar al Maldito. —Le entró la prisa, pues no veía el final de su ansiada venganza.

Thiram hizo una parada antes de llegar a la Luna de la Tierra. Había ido tras el gran ejercito orz que ya había llegado a Qaion… hacía rato.